Le di a mis tres hijas una religión en la que no creo. Ojalá logren creer. No veo costos significativos en que vivan una buena cantidad de años creyendo en algo que tranquilamente pueden descreer después sin consecuencias ni explicación.
Mis padres, que si los apuras un poco no creen que exista ni Catamarca, también me dieron una religión y la agradezco, aunque durase los años que tarda uno en incorporar más profundamente el lenguaje y en acercarse hasta sus bordes, sus límites sistémicos que generan contradicciones lógicas que pueden ser insoportables y que tranquilamente pueden ser mitigadas con un Dios que reponga la armonía, pero con las que si uno logra convivir vuelven ridícula a la idea religiosa. Dios es todo lo que el hombre sabe que no tiene cómo saber, al menos con los instrumentos intelectuales disponibles, que pueden evolucionar y formular explicaciones razonables donde antes había solo fe, y en ese caso incluso Jesús será olvidado.
Me manejo con un agnosticismo discreto, algo vergonzante, sin la jactancia vulgar de hacer virtud de una carencia, tan propia en los ateos que ven sofisticación en no creer en nada. Integro el lote triste de los que no creen incluso sabiendo que se puede hoy creer con gran comodidad, sin el esfuerzo físico asociado a la fe de antes, asistiendo bañado y bien vestido a la reunión semanal, tan larga siempre, unos cincuenta minutos sin pico dramático, y las canciones, que no son malas pero están siempre mal cantadas y peor tocadas, y que no logran meterlo a uno de lleno en ese delirio de pertenencia y esperanza que tan bien lograron los negros en sus sucursales en Estados Unidos.
Porque, aceptemos, la religión católica que debe ser uno de los esquemas ponzi más antiguos y prósperos de occidente se quedó, se acanchó, se confió del piso de afiliación anual que da su condición mayoritaria y no invirtió cabeza y guita para entender cómo conectar con generaciones que ya no se pueden comprometer con nada, ni mantener la atención en nada y que escapan de toda propuesta que involucre sacrificio e implique poner el placer en un plazo fijo que rendirá, tal vez, en una hipotética vida eterna.
El Papa, lugarteniente de Dios en la tierra, quedó para mi gusto un poco disminuido con esa anomalía de que haya dos Papas vivos, cuestión que, aunque se subsanó en 2022, le degradó el aura divina. Está, Francisco, martillando siempre contra la riqueza y sus generadores y los pobres de este tiempo están muy conectados con la idea de pegarla, de hacer en un solo movimiento el salto exponencial que los saque de la miseria, y están hasta acá con la de ser los ganadores morales de un mundo injusto. Esa falta de sintonía tiene sus impactos profundos, aunque el hombre siga reventando plazas adonde va. Y en esa curva que el Papa toma larga se le cuelan los evangélicos, que beneficiados por no ser tomados muy en serio por nadie, tal vez por ser medio grasas, o por no tener un Estado soberano, avanzaron con una ambición tremenda, y pelearon con faca contra los tasadores para quedarse con los puntos de rating de la madrugada en el cable y difundieron la palabra, pastorearon, y conectaron con todos los rotos del mundo que hoy llenan sus templos sin historia ni arquitectura.
De las grandes, de las homologadas como religiones serias, somos sin dudas la que viene más floja en captación y retención, y si la cosa sigue así el futuro es oscuro e incierto como el de los sistemas previsionales. Los judíos tienen el gran Estado de Israel, que emociona y da unas ganas tremendas de ser judío y estar al pie del alambrado defendiendo y los islamitas radicalizados están en una película bravísima, pero la guerra une y eso debe arrimar un poco al fuego sagrado a los que dudan y ahí el islam también crece. ¿Y los católicos? ¿A quién estamos matando? ¿Dónde? Están matando cristianos en gran cantidad y uno esperaría ver al Papa levantando el punto y armando un escándalo, pero no se arma el trending topic, como si sobraran fieles, queda uno con la sensación de estar compitiendo en una escudería perdedora, declinante.
La religión católica, que era la dueña del miedo, también entregó esa arma extorsiva y entonces ahora uno no se siente obligado a tomar el paquete completo, se puede ser “católico no practicante”, o como diría Sabbatella “con todo lo bueno y sin todo lo malo”, incluso se puede ser católico de María, como los peronistas de Eva, en fin, uno puede agarrar los bombones ricos y dejar lo de fruta y no pasa nada.
En el medio de este cuadro decadente el mundo puso arriba de la mesa una oportunidad histórica para pasar al frente. La carne de cañón de toda esta marea de ultraderecha que inunda occidente son chicos jugando a ser duritos que defienden la familia tradicional, la mujer en la casa criando, los putos escondidos, el sexo solo para reproducirse, sin aborto ni drogas, chicos formateados psíquica y emocionalmente para ser católicos rabioso.
El Papa no la vio, se subió tarde al progresismo y terminó tomando mate con Marta Dillon.