Un día amanecimos meados. Nos despertamos y ya no movíamos ninguna aguja, frio el algoritmo como el motor de un Torino en una mañana de invierno. De golpe no interesamos más, la época manda ser interesantes o morir, y morimos. No nos veló nadie, o no quedó nadie vivo, da igual. Los que llegaron se encontraron con nuestros cuerpos muertos desparramados por todos lados y, con la indolencia de un sepulturero, nos taparon con una lona y mudaron sus escritorios de melamina, sus sillas gamers, sus muñequitos de Pokémon y tomaron el control operacional de esta casa de opinión a la que desde la vereda le seguimos diciendo Tuiter, nuestro Cangallo.
Conviene perder rápido. Aceptar, conceder y seguir. Quedarse haciendo puchero porque estos chicos no están tan formados, ni parecen tan interesantes solo estira el padecimiento de estar jugando a un juego al que no se sabe jugar. Elon compró tuiter, lo cambio y ahora no sabemos más que combinación de teclas hay que tocar para que pase algo. Twitter, X, tiene sus reglas, es cuantitativo, el que quiera tener un diario íntimo que abra el bloc de notas en la computadora, porque en X hay que tocarle los huevos al tigre para que te mire el algoritmo, sino chau, no pasa nada. Y no pasa nada. El Gordo Dan tira unas mayúsculas y hay calor. Twitter tiene unas poquitas zonas de calor y el resto es Siberia, el Gordo está en el calor y nosotros cazando focas en el hielo, es así, lola.
El Gordo Dan debe ser un pan de Dios, no tengo pruebas pero tampoco dudas. ¿Qué tan feroz puede ser un tipo que se gana un Martín Fierro y en vez de decirles que se lo metan en el culo, se peina, se pone el traje y va a agradecerlo? No la veo, no veo el demonio ni el riesgo enorme para la democracia. Veo el cable pelado que todos los periodistas quieren tocar para tener un minuto de atención. Ese es el negocio que propone la época, ponerse en la mira de los libertarios y después clavarse la estaca, denunciar la persecución, y terminar escribiendo una y otra vez la nota sobre el peligro que corre la libertad de expresión. Un monotema que entretiene y que vuelve excesivamente económico el ejercicio de llenar páginas y minutos de radio, sumado a la autorreferencia que es adictiva como el azúcar. Es un win win.
Tuiter en realidad nunca existió, hoy si, hoy importa, pesa. Antes no, era una burbuja de 500 leyéndose entre sí, y como los periodistas son genéticamente vagos, le encontraron la vuelta para venir a sacar acá y llevar allá y que eso que salió allá rebote de vuelta acá y a la noche decirlo en la tele y así se terminó generando la idea de que lo que se dice en tuiter tiene una importancia insólita. “Tarde caliente en la red del pajarito” decían sin explotar de vergüenza en cualquier noticiero, y ponían en pantalla la captura de algunos tuits que nunca, nunca causaron gracia afuera de Tuiter. Así fue, un show superintenso transmitido en las pantallas del circuito cerrado de un centro de rehabilitación. Un abrazo compasivo a quienes pensaron que dieron una batalla importante. El algoritmo te hace sentir mayoritario, esa es la droga, sos la totalidad del mundo, o al menos la mitad que está aplastando a la otra. La verdad: la conversación “““política””” siempre fue un lote minúsculo, perimetral, de Tuiter. La China Suarez subía la foto de un panda y eso equivalía a toda la interacción de un año de debate sobre el rol de los medios. Fue entretenido, pero nunca importante.
Así fue el viejo tuiter. Muchos años los mismos perros mordiendo sus huesos, cada uno perfeccionando un prejuicio, una colección de discapacitados sociales reescribiendo al infinito una obsesión. Y así vivimos, conociendo día a día lo peor de una cantidad enorme de personas, que seguro es lo mejor que tiene para darle al mundo, sus internas minúsculas, sus opiniones automáticas, también sus costados luminosos, el nacimiento de sus pymes, nos saludamos en navidad, felicitamos nacimientos y condolamos muertes, y lo mejor: ver tele entre todos.
La gente se sube a X con el eufemismo de la información, arman su think tank con la elite planetaria más sofisticada, sigue al New York Times, a Obama, a la nasa, a la cuenta de infografías del museo británico, a Kaspárov!, siguen gente y marcas que después jamás leen, porque la excusa es la información, pero uno se queda por el resentimiento. Se van hoy los diarios, “la democracia está en riesgo, hemos decidido irnos de X” dice el editorial board de The Guardian, y al irse demuestran que nunca estuvieron, que 10,7 millones de personas simplemente los coleccionaron, pegaron su logo en el álbum de figuritas prestigiosas para después ignorarlos. Otros, personas físicas que no logran superar que hoy la manija la tenga gente tan rústica se ofenden y mudan el domicilio moral a Bluesky, la red del respeto y el debate de ideas que nadie quiere tener, la red de los abrazos gratis en la que te esperan con una manta de lana y un tazón enorme de café de especialidad. Pero se quedan acá, en este mar de caca infecta, agresiva, injusta, mentirosa pero viva.
Entonces no vamos a patalear contra el Gordo Dan, nos vamos a alegrar por su éxito, vamos a mirar desde las sillitas del fondo su ascenso a los cielos, lo veremos reinar y humillar y le vamos a guardar una de estas sillitas cuando una nueva generaciones de pendejitos hiper salvajes, estafadores ponzi, apostadores online, recontra pasados de rosca le corten la cabeza sin explicación, lo tapen con una lona y construyan sobre sus huesos lo que viene.