Convengamos que, como bailar, aprender a fumar de grande es patético. Yo que esto lo tuve claro siempre, aprendí a fumar los quince y jamás bailé, cosa de salvajes.
Había nacido con condiciones naturales para fumar. En ruleta rusa de los genes y sus combinaciones macabras a mí, como a tantos otros estafados por Dios, la bala me había entrado limpia entre las cejas: era feo. A los 15 hay una zanja que divide a los que van a tener una adolescencia espectacular y los que la vamos a vivir con plena conciencia de lo bajo del techo de nuestra agenda sexual y, claro, de lo inconfesable de su piso. Los feos íbamos a salir todos los días a pelear una guerra perdida.
Sumale a la fealdad, una discapacidad manifiesta para el futbol y para pelear, únicas herramientas de ascenso en la jerarquía social reservadas a los feos, en fin… dramático. Somos, los feos, una palangana rota llena de agua tirada en un baldío en la que crece el dengue de la adolescencia: el resentimiento, el motor de la historia.
Mutilada cualquier expectativa de adolescencia aceptable, a uno no le queda otra que explorar las diferentes formas de autolasceración disponibles para un quinceañero: fumar, tomar o delinquir.
Tomar me interesó poco y nada. Como en esa época pensaba que más adelante habría querido ser abogado supongo que inconscientemente lo de delinquir me interesaba, pero quería dedicarme de un modo profesional. Lo de fumar, en cambio, se me daba bien, tenía talento. Las primeras pitadas que fumé fueron de cigarrillos mal apagados que robe de un cenicero de casa. Tosí como un mono y el gusto me pareció lo más inmundo probado jamás, me pareció genial.
Empezamos a fumar a escondidas con un amigo arriba del tanque de agua de mi edificio al que se llega después de caminar por una membrana metálica hirviendo que termina en una escalera de hierro viejo también hirviendo que te lleva a ese santuario del vicio con vista a recoleta septentrional. Comprábamos un Marlboro diez, que en esa época venían en una cajita ancha con dos compartimientos de 5 cigarrillos, ideal para el bolsillo del culo del jean. Fumábamos sin boludeo, uno atrás del otro, dejábamos escondido el encendedor Bic celeste en el tanque de agua y bajábamos la escalerita con un mareo alucinante. Como había que volver a casa y naturalmente teníamos olor a alfombra de Bingo de pueblo, pasábamos por algún supermercado y nos tirábamos cantidades industriales de desodorante. Éramos inmaduros y optimistas, tiempo después supimos que las partículas de desodorante encapsulan a las de olor a cigarrillo, copulan a nivel microcelular, y crean una nueva súper partícula con un olor absolutamente insoportable y tan característico de los pendejos que están aprendiendo a fumar.
Los feos fumábamos todos, salvo algún raro. Los lindos fumaban menos, vivían sin la necesidad de un vicio, con esa falta de debilidades tan propia de los psicópatas. Les habríamos cortado la cara con un cúter, pero eran nuestros amigos.
Al tiempo ya era un fumador respetable, fumaba bien, tragaba el humo, podía prender mi cigarrillo con el cigarrillo de alguien sin destruirle la braza, no hacia argollitas de humo ni mariconadas similares, en fin, detalles que a uno lo jerarquizaban como fumador. Fumé en todos los momentos importantes de mi adolescencia y en los otros también.
Fumé unos 140.000 cigarrillos durante 19 años, a precio de hoy unos 756.000 pesos, pasado a dólares algo así como 9100 dólares, una ganga. Es increíblemente barato fumar en Argentina.