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Los ensobrados

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Argentina es un país extraordinario por los problemas que no tiene.

No tenemos dramas raciales ni religiosos, ni limítrofes ni sexuales. No vamos a la guerra ni tendríamos como. Los nuestros son problemas de guita, problemas viejos. De los 196 países que pagan la cuota social en Interpol, la mayoría nos cambiarían mano a mano sus problemas por los nuestros. Gran país, este, para tener un poco de guita y algo de networking. Hecho por y para nosotros que, sin necesidad de una gran formación ni voluntad asiática de trabajo podemos vivir como mini oligarcas rusos, en los metros más caros de la ciudad más cara, asistidos por personal humano viviendo en dependencias minúsculas dispuestas a tales fines, dándonos duchas de 50 minutos. Todo flujo eh! nada de stock. Si nos agarraran con la pinza de la máquina de sacar peluches y nos soltaran en Paris viviríamos en ratoneras de 12 metros cuadrados lavando los platos con agua de lluvia. Elevamos entonces una plegaria culposa y con carpa para la casta política que nos dejó andar en bicicleta con rueditas tantos años y que tuvo la generosidad de limosnear a los más pobres para que nosotros tuviéramos donde apuntar con el dedo y marcar a los falsos ganadores del populismo.

Calculábamos, los salvados, que con Massa el dólar se iba a dos mil y con el Javo no había límites para soñar, cinco mil? diez mil? Locura. Pensábamos, los que dormimos arriba de un canuto tibio, los exportadores de servicios, los niños genios que le programan cosas al mundo, las chicas que venden fotos pezoneras en onlyfans, los anfitriones 5 estrellas de airbnb que cobran en Uruguay, los disciplinados que durante años fueron convirtiendo de a 200 dólares las moneditas irónicas de curso legal en el cupo soviético del homebanking, los cracks del rulo, los que swapearon tasa para hedgear riesgo Libor, los que heredaron un departamento y lo pudieron mal vender, en fin, pensábamos, los ensobrados, que la fiesta de las motitos trayendo sobres gordos de papel madera llenos de pesos iba a ser una alegría que no tiene fin. Cambiando una luquita por un sobre que paga OSDE, colegios, expensas e infinitos Rappis que resuelvan la pregunta maldita de las 20 hs. en una casa llena de niños, “pedite algo”. Nunca vimos, los ensobrados, tantas gomitas juntas, cajones explotados de gomitas, infinitas gomitas para hacer la gomera grandota que mande los gauchos a la luna. La locura inflacionaria, de años, tiene ganadores netos, el complejo industrial militar de la inflación, los señores de la guerra de la nominalidad desbocada: Los fabricantes de gomitas. ¿Quién o quiénes controlan el oligopolio de la fabricación, distribución y comercialización de gomitas en nuestro país? Conspiro: A la inflación la generan y la manijean los dueños de las gomitas. Arriesgo: Adrián Mercado división gomitas, o Manzano, que está en todas.

Retomo, los ensobrados estamos con una angustia galopante. Toto, Totito, el Messi de las finanzas, le puso su bota de hierro en la cabeza al dólar y nos destrozó el sueño: vivir sin trabajar. 

Nadie pronosticó esto, nadie, ni los economistas sofisticados que cruzan diez mil variables en esos gráficos electrocardiográmicos que nadie entiende, ni los delincuentes audiovisuales que tienen un cordón umbilical conectado a cada cueva y a cada arbolito. Todos veían un dólar volando y nadie la vio, nadie vio nada. Milei es un unicornio, el mercadolibre de la política que arrancó en el garage de Mauro Viale, que venía a destruir el peso, y nos rompió el dólar.

Feliz Navidad.